Radiografía de la actual crisis mundial – antecedentes

Este es el primero de una serie de artículos dedicados a presentar una radiografía de la actual crisis mundial.

En una época marcada por una gran crisis mundial que, curiosamente, en este caso está afectando principalmente a economías como la europea y norteamericana, creemos que sería conveniente sacar de su ostracismo a un gran economista que aportó grandes ideas que afectaron el devenir de la economía occidental a lo largo de gran parte del siglo XX.  Especialmente ahora en que mandan los mercados, se prima la economía especulativa sobre la productiva  y se preconiza la menor intervención de los estados (especialmente en los países desarrollados). Creemos que en estos artículos podréis ver que la historia se repite y que deberíamos aprender más de la experiencia histórica. De todos modos, y a pesar de lo que se dice en estos artículos, sigo pensando que el sistema democrático parlamentario, que tenemos en Occidente, es el mejor sistema político posible conocido. La experiencia histórica (que tiene abundancia de casos) indica que otras experiencias han conducido a terribles dictaduras o al caos.  Esto no es óbice para considerar que mientras el capital, al que nadie elige democráticamente,  se mueve libremente a nivel mundial, no existe una organización supranacional democrática que actualmente pueda regularlo y evitar sus abusos. Y posiblemente es lo que haría falta resolver, aunque se me antoja complicado, ya que debería ser una solución consensuada a nivel mundial.




 

Y aquí quiero hacer una reflexión que considero importante para evitar que se repita la historia: Hitler llegó al poder aprovechándose de una terrible crisis económica que  afectó de manera muy especial a Alemania, con un gran nivel de paro y de miseria. El pueblo alemán votó a Hitler y los nazis, y no hace falta que os explique cuales fueron las consecuencias. Y esto es especialmente significativo cuando vemos que determinadas voces están intentando desacreditar el sistema democrático que tenemos, aunque sea bastante imperfecto, y cambiarlo por un hipotético nuevo sistema que, me temo, sería una nueva dictadura, ya que la historia también nos demuestra que los aspirantes a dictadores finalmente consiguen manipular en su provecho los movimientos que surgen con las mejores intenciones, pero también con grandes dosis de ingenuidad.

John Maynard Keynes, (Cambridge, 1883 – Firle, 1946) fue un economista británico, cuyas ideas tuvieron una fuerte repercusión en las teorías económicas y políticas modernas, así como también en las políticas fiscales de muchos gobiernos. Keynes y sus seguidores de la postguerra destacaron no solo el carácter ascendente de la curva de oferta, en contraposición con la visión clásica, sino además la inestabilidad de la demanda agregada, proveniente de los stocks producidos en mercados privados, como consecuencia de los altibajos en la confianza de los inversionistas. Dado este énfasis en la demanda, era natural para Keynes proponer el uso de políticas fiscales y monetarias activas para contrarrestar las perturbaciones de la demanda privada, por lo que es particularmente recordado por su aliento a una política de intervencionismo estatal, a través de la cual el estado utilizaría medidas fiscales y monetarias con el objetivo de mitigar los efectos adversos de los períodos de recesión, durante las crisis cíclicas de la actividad económica. Pero actualmente, especialmente en la zona Euro, estas políticas no pueden aplicarse a nivel de un solo país. Y menos si es un país económicamente débil, como España.  También quiero hacer mención a otro economista actual, Miguel Giribets Martínez, en cuyas obras me he basado en gran parte para escribir esta serie de artículos.

La Gran Depresión de 1873 a 1896 marca el final de un capitalismo caracterizado por las pequeñas empresas, la libre competencia y los mercados nacionales. La superación de esta crisis estuvo ligada a la expansión del capitalismo hacia otros mercados, que fue el motor del imperialismo y la colonización del resto del mundo por parte de las potencias europeas, la aparición de grandes empresas, una creciente importancia de las finanzas y la internacionalización de la economía. La crisis afectó especialmente a los EEUU, sobretodo por la financiación de las obras del ferrocarril. Las empresas constructoras habían emitido bonos en grandes cantidades, que colocaron en mercados extranjeros. Llegó un momento en que la economía productiva no generaba dinero suficiente para remunerar tal volumen de bonos. Y, en 1893, tras la quiebra de la compañía de ferrocarriles Resadings, la bolsa de Nueva York se hundió, provocando la quiebra de muchos bancos. Otra consecuencia es que quedó afectada la economía del primer país capitalista de aquel tiempo, la Gran Bretaña, muy ligada a la situación financiera estadounidense y con serios problemas en sus préstamos a países del norte de África (especialmente Egipto) y de América del Sur.




Tras la Primera Guerra Mundial,  los EEUU aparecieron como gran potencia. Como los países europeos habían priorizado la industria de armamento frente a la economía productiva, perdieron una parte de sus mercados en el resto del mundo. De ello se beneficiaron potencias emergentes como Canadá, Australia y Japón y, sobre todo, los EEUU. Tras el crecimiento económico de 1919, normal tras una guerra, llegó la crisis de 1920-21 debido a que se redujo la demanda de productos y de financiación europea a los EEUU. Los países europeos se ahogaban por su alto nivel de endeudamiento. Pero la crisis de 1920-21 afectó a los países de diferente forma. EEUU, Gran Bretaña y Francia vieron disminuida su actividad productiva y aumentaron su nivel de paro. Alemania sufrió una hiperinflación. Italia sufrió quiebras de empresas y de bancos, así como aumentos de desempleo y de inflación, lo que provocó una grave crisis social que promovió el ascenso del fascismo. Ese mismo año, la Conferencia Internacional de Génova acordó facilitar la concesión de créditos internacionales. EEUU aceptó la reducción de la deuda de los países europeos y se condicionó el monto de las reparaciones de guerra alemanas a la marcha de su economía, con lo que se aflojó algo la presión sobre este país.

A partir de la Conferencia de Génova, la economía vive una fase de expansión, con el impulso de nuevos sectores industriales, tales como el automotriz, los productos farmacéuticos, la industria química, las fibras textiles, el petróleo, la  industria eléctrica, la telefonía, la radio, el cine, los electrodomésticos y la aviación. También aparecen nuevos métodos de producción, como el Taylorismo. Aumenta la concentración empresarial, principalmente en EEUU y en Alemania. En los años 20 también surgen cárteles internacionales que controlan los precios mundiales del acero y del petróleo. Se estaba viviendo una década de gran crecimiento económico, con elevado endeudamiento y especulación bursátil (los felices años veinte o Belle Epoque). ¿Os recuerda algo lo que hemos vivido en occidente hasta hace pocos años?  Al llegar a la década del veinte, ya el proceso de ganar dinero, sin tener casi nada que ver con la producción, había llegado a tal nivel, que en 1928 casi nadie miraba ya los indicadores económicos de la producción y el comercio. Todos los ojos estaban puestos en el llamado mercado de valores, que después de mediados de 1928, parecía estar en un alza interminable. ¿No os suena al “mito del eterno retorno” de Mircea Eliade?

Los EEUU llegaron a concentrar el 42% de toda la producción industrial mundial y Nueva York se convirtió en el nuevo centro financiero mundial, desplazando a Londres. La economía norteamericana crecía de forma imparable gracias a las exportaciones a los países europeos. A la vez, para poder pagar estos productos, los países europeos pedían créditos a los EEUU, lo que desató un proceso de endeudamiento que llegó a ser asfixiante a finales de la década de los años 20. La consiguiente reducción de las importaciones europeas fue un duro golpe a la economía norteamericana, cuyas empresas se llenaron de stocks que no tenían dónde colocar. A su vez, el despegue de las economías europeas anunciaba un periodo de superproducción.  La deuda pública en Francia, Gran Bretaña y Alemana se disparó y las monedas europeas se devaluaron fuertemente frente al dólar, mientras que la ralentización de la producción norteamericana aumentaba las deudas impagadas y producía una caída de las ventas. Muchos capitales salieron de la economía productiva y se desplazaron a la especulación (y esto marca el principio de un camino que llevará a la gran crisis actual). En EEUU se facilitó el crédito para que la gente pudiera comprar acciones en la Bolsa, que subía sin parar. En agosto de 1929 más del 75% de las acciones que compraban los pequeños inversores provenían del crédito, cuyo monto llegó a los $8,5 mil millones, cifra que era superior al total del dinero en circulación en los EEUU. Ello provocó que las arcas de la Reserva Federal quedaran prácticamente vacías.

De 1921 a 1929 el índice Dow Jones había pasado a un valor de 400 (casi 7 veces más que al inicio del periodo). El 3 de septiembre de 1929 el Dow Jones alcanzó su nivel máximo, para llegar a caer un 17% en las semanas siguientes y recuperarse en más de la mitad justo una semana antes del fatídico 24 de octubre. El 1 de septiembre de 1929 la bolsa de New York vendió una cantidad récord y, el mismo día, Londres subió la tasa de interés para frenar el drenaje de su oro. El 4 de septiembre la bolsa bajó. El día 5, el gurú de la Bolsa, Robert Babson, anunció una caída general y cundió el pánico. Los periódicos hablaban de ganancias, pero sin convencer. El escándalo de Clarence Hatry, en Londres (un equivalente al actual  Bernard Madoff, encarcelado por una gigantesca estafa), no ayudó a generar confianza. Y el martes 24 de octubre de 1929 colapsaba el mercado de valores de New York. Empezaba un periodo de depresión mundial, que tuvo su momento más difícil en 1934 y que no terminó hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El 24 de octubre de 1929 es el conocido como jueves negro, cuando la bolsa de Nueva York se hunde estrepitosamente, arrastrando a la quiebra a todo el sistema financiero, falto ahora de liquidez. Ese día, 13 millones de títulos son puestos a la venta a bajo precio y no encuentran comprador, provocando el hundimiento de la bolsa.

El mercado de valores se embarcó en una caída constante que no terminó hasta 1932 cuando el Dow Jones cerró en 41,22 el 8 de julio, concluyendo una espectacular bajada del 89%.  En EEUU las importaciones pasaron de 4.000 millones de dólares en 1929 a 1.500 en 1932; las exportaciones descendieron de 5.400 millones de dólares en 1929 a 2.100 en 1932. El comercio mundial y el PIB de los Estados Unidos se redujeron hasta casi un 68% entre 1929 y 1934. Mientras en 1929 fueron a la quiebra un total de 40 bancos en los EEUU, en 1931 la cifra llegaba a los 2.000. Finalmente, sobre un total de 25.000, serían 11.000 bancos (casi la mitad) los que tuvieron que cerrar sus puertas. Los bancos no podían recuperar los préstamos concedidos a los inversionistas en Bolsa y la gente retiraba los fondos de los bancos por miedo a pederlos. Unas 100.000 empresas se quedaron sin crédito y tuvieron que cerrar. El paro de 12 millones de trabajadores, el 25% de la población activa en 1932, fue la trágica consecuencia. Millones de pequeños agricultores se arruinaron igualmente, a la vez que caían los precios agrícolas. El PIB cayó el 30% y el comercio el 50%. ¿No les suena familiar todo esto?

En Europa, la quiebra en marzo de 1931 del principal banco austríaco arrastró a todo el sistema financiero austríaco-alemán y se expandió por toda Europa. Gran Bretaña combatió la crisis apoyándose en su imperio colonial para mantener una actividad comercial al margen del resto del mundo; asimismo, disponía de grandes reservas de oro en todo su imperio y aún se permitió devaluar su moneda para favorecer las exportaciones, perjudicando seriamente a Francia. Japón, realizaba el 30% de sus exportaciones a los EEUU, con lo que se vio seriamente afectado.  La economía alemana arrastraba el fuerte lastre de las indemnizaciones de guerra, ya que el tratado de Versalles hipotecó la economía alemana durante unos 40 años. Un objetivo evidente de los vencedores fue destrozar la economía alemana, la mayor economía europea antes de la guerra. Alemania tuvo que imprimir dinero sin fondos y eso desató tal inflación que las compras se hacían con cestas para llevar el dinero. La crisis del 29 acabó hundiendo la economía: los inversores extranjeros abandonaron el país. Las primeras medidas del gobierno fueron reducir los salarios, afectando aún más al consumo y a la economía en general. El PIB alemán cayó un 50%. En septiembre de 1931 Alemania cerró la bolsa. Inglaterra también y abandonó el patrón oro. Y se produjo un verdadero alud de países que defraudaron millones de bonos

En 1932 Roosevelt es nombrado presidente de EEUU e instaura su New Deal, que tiene como objetivo la reactivación del consumo y la inversión mediante la intervención del Estado  (el incremento de los gastos estatales fue de un 83% entre 1933 y 1936), facilidad en la concesión de créditos, emisión de grandes cantidades de moneda (3.000 millones de dólares) con la consiguiente devaluación del dólar en un 40%, incremento de los salarios para incrementar el consumo, grandes inversiones en obras públicas para combatir el desempleo, etc. Pero estas medidas no lograron superar la crisis. En 1938 el desempleo se situó de nuevo en el 20% y la economía de colapsó de nuevo. La bolsa cayó un 50% entre agosto de 1937 y marzo de 1938. El Dow Jones no recuperó el nivel de 1929 previo a la crisis hasta 1954; el 8 de julio de 1932 el Dow Jones alcanzó su nivel más bajo desde 1800. La política de Roosevelt es lo que se conoce como keynesianismo, debido a haber sido propuesta por John Maynard Keynes. Es un modelo ensayado por los países democráticos tras el fracaso del modelo económico clásico. La idea clave reside en la intervención del Estado en la economía con la finalidad de compensar los desajustes de la economía de mercado. Según él, la crisis del 29 la había provocado el hundimiento de la demanda y era necesaria una intervención del Estado para estimularla.





El reequilibrio entre oferta y demanda debía provenir de un aumento de la demanda, y no tanto de una disminución de la oferta excesiva, como preconizaba la mentalidad liberal clásica. Para ello, el Estado debería estimular la inversión y el empleo recurriendo para ello al déficit presupuestario (todo lo contrario de lo que se esta haciendo actualmente). Ello incluía también la inversión directa y en los sectores con mayor impacto sobre empleo y demanda. Había que impulsar el consumo elevando el poder adquisitivo de la población. El oro, cuyo precio en 1929 estaba a 20 dólares la onza, Roosevelt lo elevó a 35 como garantía de los billetes de Estados Unidos. Antes del keynesianismo, los países industrializados ensayaron políticas de liberalismo clásico, que acabaron en un fracaso estrepitoso: reducción del gasto público, de los créditos, del gasto social, bajada de los salarios (algo que justamente se está volviendo a hacer actualmente). Pero gracias al estallido de la Segunda Guerra Mundial, la economía norteamericana salvó la Depresión, primero con la venta de material bélico a los aliados y luego con la intervención directa en el conflicto. La actividad económica creció más de un 30% y acabó liquidando el paro, pues mientras millones de jóvenes estaban luchando en el frente de batalla, muchas mujeres y jóvenes y hasta personas mayores entraron en el mercado laboral.

En los años 60, las economías de los países que habían salido de la Segunda Guerra Mundial se habían recuperado. Alemania y Japón alcanzaban niveles particularmente altos. La competencia entre los países capitalistas se hizo muy dura y desembocó en una nueva crisis del sistema en los años 70. Japón y Alemania se convirtieron en competidores del capital estadounidense desde finales de los sesenta en adelante, de manera parecida a cómo los EEUU sobrepasaron al capital británico (y colaboraron al ocaso del Imperio británico) en el transcurso del siglo XX. Siempre resulta interesante delimitar el momento en que el desarrollo interno llega a su límite y necesita salir al exterior. Japón lo llevó a cabo en los sesenta, primero a través del comercio, más tarde con la exportación de capital en la forma de inversiones directas, primero en Europa y EEUU, más recientemente en la forma de inversiones masivas (inmobiliarias y directas) en el este y sureste asiáticos, y por último mediante empréstitos (especialmente a los EEUU).

En 1971, los EEUU veían preocupados como su economía no crecía y la inflación se desataba. Para mantener su liderazgo, a mediados de los años 60 los EEUU comenzaron a emitir dólares muy por encima de las reservas que respaldaban a su moneda. Los norteamericanos necesitaban consumir muchas más mercancías de las que producían y la emisión de dólares, la moneda base del sistema capitalista, les resolvía el problema. Esta política se salía de la ortodoxia económica, pues lo correcto hubiera sido reducir el nivel de consumo interno y de endeudamiento; pero la mayor de las potencias del mundo no había tenido más remedio que mantener un déficit comercial astronómico a cambio de la simple impresión de papel. Con esto, Bretón Woods y todo el sistema monetario internacional, tal como se conocía en ese momento, saltaban por los aires, sobretodo cuando los EEUU en 1971 liquidaban la convertibilidad del dólar en oro y en 1976 anulaban la garantía de estabilidad del valor del dinero de crédito estatal. Y en 1971, bajo la administración de Nixon, el patrón oro fue suprimido y la impresión ilimitada de dólares se convirtió en la más grande estafa hecha a la humanidad.

 

Los Acuerdos de Bretton Woods son las resoluciones de la conferencia monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, realizada en el complejo hotelero de Bretton Woods, (Nueva Hampshire), entre el 1 y el 22 de julio de 1944, donde se establecieron las reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países más industrializados del mundo. En él se decidió la creación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional y el uso del dólar como moneda internacional. Estas organizaciones se volvieron operativas en 1946. Bretton Woods trató de poner fin al proteccionismo del período 1914-1945, que se inicia en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Se consideraba que para llegar a la paz tenía que existir una política librecambista, donde se establecerían las relaciones con el exterior.

En 1973 estalló la crisis del petróleo, provocada por las maniobras de los saudíes en los países productores de petróleo, con los EEUU promoviendo la operación. El precio del petróleo se disparó a niveles nunca conocidos. Los EEUU provocaron el alza de precios porque no dependían excesivamente del petróleo del Medio Oriente; y, de esta manera, el alza del precio del petróleo afectó sobretodo a las economías europeas y japonesa, que eran las competidoras directas de los norteamericanos. Además, con la subida del precio del petróleo, los bancos norteamericanos se beneficiaron, pues monopolizaban los nuevos petrodólares que veían de Oriente Medio, ya que el petróleo se pagaba en dólares. De esta forma, Nueva York reafirmó su papel de centro financiero del planeta. Para poder arrastrar al conjunto de la Organización de Países Árabes Productores de Petróleo (OPEP, más Egipto y Siria) la medida se presentó como un acto de rechazo a la agresión israelí en la guerra de Yom Kipur, que había enfrentado a este país con Siria y Egipto. No se exportaría petróleo a aquellos países que apoyaban a Israel (es decir, la Europa capitalista y los EEUU) y los precios a la entrada de las refinerías se duplicaban. El embargo duró sólo unos meses, pero el precio del petróleo se mantuvo en los niveles que había alcanzado. Los EEUU llevaron a cabo varias devaluaciones del dólar (la moneda en que se pagaba el petróleo) para provocar una mayor alza de esa materia prima.

Los efectos fueron evidentes: con un petróleo tan caro, la inflación se disparó y la actividad económica se detuvo. La crisis duraría en todo el mundo capitalista hasta comienzos de los años 80. En Estados Unidos, el precio de venta al público de un galón de gasolina pasó de un promedio de 38,5 centavos en 1973 a 55,1 centavos en 1974. Mientras tanto, la Bolsa de Nueva York perdía 97 mil millones de dólares de su valor en solo seis semanas. En esta situación, los EEUU necesitaban algo más: la desregularización financiera. Y es ahí donde el neoliberalismo aparece en el escenario. Los mercados y especialmente los mercados financieros tenían que estar abiertos al comercio mundial. Este fue un lento proceso que requirió una fuerte presión por parte de EEUU,  respaldada por organizaciones internacionales como el FMI y la adopción del neoliberalismo como la nueva ortodoxia económica. De la mano del FMI, los EEUU eran capaces de hacer y deshacer en numerosas economías más débiles, mediante prácticas de manipulación del crédito y gestión de la deuda. Según Peter Gowan, autor de “Crisis en el corazón del sistema”,  este régimen monetario y financiero fue usado por sucesivas administraciones estadounidenses “como una formidable herramienta de estado para impulsar tanto el proceso de globalización como las transformaciones neoliberales domésticas asociadas a él“. El sistema se desarrolló a través de la crisis. “El FMI cubre los riesgos y asegura que los bancos americanos no pierden (los países pagan a través de ajustes estructurales, etc.) y la huída de capitales de una crisis localizada acaba reforzando el poder de Wall Street…“.

Cuando, hacia el año 1977, la economía norteamericana comenzaba a recuperarse, lo hacía combinando una caída del PIB, con altos niveles de inflación y desempleo, para volver a caer en una crisis económica entre 1979 y 1980, que aún depararía muy malos momentos a la economía norteamericana. Y que, en 1982, vivió su peor año después de la II Guerra Mundial.  En efecto, la década de los años setenta y principios de los ochenta, resultaron particularmente difíciles para EE.UU. Una época recesiva, que comenzando en ese periodo 1969-1971, se extendió hasta los primeros meses de 1984, sacudiendo a la economía norteamericana, como no se recordaba desde los años treinta, pues aparte del comportamiento negativo de todos los indicadores económicos: PIB, desempleo, inflación, utilización de las capacidades, déficit fiscal, déficit comercial, productividad y otros, la crisis de 1974 y 1975 trajo aparejado el llamado fenómeno de la “estanflación” (estancamiento productivo con altos niveles de inflación). Comenzando entonces a conformarse los factores de comportamiento de la economía y de la política económica neoliberal, que nos permiten entender hoy qué es lo que está pasando a la economía norteamericana y europea.

Por otra parte, saltó a primer plano algo que muchos creían ya superado: el paro. El sistema empezó a liquidar el pleno empleo y los derechos sociales (dicho en otras palabras, el llamado Estado del Bienestar), que había sido un logro social en los países capitalistas más desarrollados después de la Segunda Guerra Mundial. El paro volvió a convertirse en un hecho familiar en el mundo del trabajo, lo que facilitó y aumentó el debilitamiento y la menor combatividad del movimiento obrero. En paralelo se fue estableciendo un nuevo contrato social de negociación y cooperación entre el capital y los partidos y sindicatos de izquierda. Esto, junto con otros elementos, llevó a un cambio en la composición de fuerzas sociales y políticas hacia el conservadurismo que se produjo en el mismo periodo.  Thatcher ganó las elecciones en Gran Bretaña en 1979 y Reagan las de EEUU en 1980, lo que facilitó que los Estados y las instituciones internacionales, influenciadas por los capitales internacionales, fueran estableciendo una política económica dirigida a favorecer los intereses de los grandes capitales mundiales. La crisis de los setenta, que debilitó tremendamente a los trabajadores y sus representantes sindicales, facilitó el desarrollo de teorías que suponían un cambio radical en la política económica, favoreciendo los intereses del capital. Apoyándose en las ventajas que permitían las operaciones del capital a nivel mundial, la competencia global, la potencia de las nuevas tecnologías y el debilitamiento de las fuerzas populares, los grandes capitales mundiales lograron ir imponiendo, con la ayuda de las instituciones internacionales y los gobiernos, una estrategia muy favorable para ellos que permitía la rápida recuperación de las tasas de beneficio. Es la conocida como estrategia o política económica neoliberal.

Una de las principales características de la economía neoliberal es la internacionalización del proceso productivo. Las grandes empresas reorganizan sus sistemas de producción y fabrican en todo el mundo, deslocalizando sus fábricas y trasladándolas a países con salarios más bajos, y/o descomponiendo la producción en varios elementos que se producen en varios puntos del globo, siguiendo el mismo criterio de lugares con bajos salarios y costes. Muchas empresas ya no producen ningún producto completo, sino que se limitan a producir partes componentes, que se ensamblan en otras empresas. Sin embargo, como aspecto positivo, podemos decir que la internacionalización del proceso productivo ha sido el motor del desarrollo de las nuevas tecnologías, como la informática y las comunicaciones. Pero la gran acumulación y la concentración de capitales había llevado al establecimiento de grandes empresas, multinacionales o transnacionales, que operaban en múltiples países y con sus sedes centrales en los países más desarrollados, generalmente Estados Unidos pero también la UE y Japón. Desde los años setenta, estas empresas fueron transformando profunda y totalmente sus estrategias, principalmente estableciendo varias modalidades de internacionalización de sus procesos productivos, reorganizando sus sistemas internos de producción y, simultáneamente, desarrollando tecnologías de información y comunicación, que permiten comunicarse con mucha mayor facilidad en el mundo entero y, en particular, controlar los sistemas de producción internacionalizados.

Tal como dijo Marx, el fenómeno que modifica la dinámica del capital en todos los planos y sentidos es la lucha de clases. Las inversiones, los tipos de tecnología, las formas de gestión laboral, la política monetaria y fiscal, se deciden y seleccionan, dadas ciertas condiciones económicas, en función de la resistencia esperada por parte de los trabajadores. Al capital le estorban las normas que intentan controlar su actuación, por lo que pretende eliminar todas las normas que le exijan una actuación especifica, como controles de movimientos de capital, regulaciones laborales, condiciones y jornadas de trabajo, salario mínimo, controles de salud e higiene, sanidad de los alimentos, controles en fronteras, controles ambientales, etc… Es decir, el capital pretende que le dejen hacer lo que quiere sin ningún control social. Y para ello se trata de eliminar al máximo cualquier tipo de normativa que hayan establecido los estados.

Los EEUU, a la cabeza de los países capitalistas más desarrollados, se había fortalecido durante los 90, basándose  en un liberalismo económico que avasallaba países, desregularizaba las economías anfitrionas, privatizaba empresas estatales, desmantelaba sistemas de protección laboral, arruinaba a competidores locales y fomentaba las operaciones especulativas a escala planetaria. Otro de los cambios que se produjeron fue la externalización de la producción. Lo que quiere decir que se subcontrataban a otras empresas muchas de las tareas que anteriormente realizaba la empresa principal. Lo que se hace con la subcontratación es la división de los trabajadores de un mismo proceso productivo entre varias empresas. Asimismo, la reorganización y externalización puede hacerse en el propio país o en otros países. Y como la actividad económica habitual ya no proporciona masa de beneficio suficiente, el capital necesita penetrar cada vez más en áreas que tradicionalmente se han considerado de gestión pública. Así se privatizan los servicios públicos: transportes, sanidad, educación, comunicaciones, bancos estatales…, empresas públicas en general. Lo que no genera beneficio no sirve en el mundo capitalista. La explotación se expande con el propósito de ampliar el trabajo productivo, que es un generador directo de plusvalía. Este es el objetivo de la privatización de todo tipo de actividades económicas y de la “universalización del capital” a todos los rincones del planeta. Los distintos aspectos del trabajo van quedando sometidos a la exigencia de ser generadores inmediatos de beneficios.

En una primera etapa el neoliberalismo privatizó las empresas de producción de mercancías (electricidad, automóviles, siderurgia, etc.). Pero, absorbidas la mayoría de ellas, trata ahora de privatizar los servicios sociales (salud, educación, pensiones) para obtener beneficios de todo ello. Otras formas que permiten al capital financiero transnacional apropiarse en forma parasitaria del fruto del trabajo ajeno, sin intervenir en el proceso productivo, son la privatización de la seguridad social, de la que se han hecho cargo fondos privados de pensiones, o mediante la sustitución de parte del salario y de otras remuneraciones del personal de las grandes empresas por opciones sobre acciones de la misma empresa (stock-options), etc. Por otro lado, la internacionalización del proceso productivo no es posible sin el desarrollo de nuevas tecnologías, tales como la informática, la robótica y las comunicaciones. Con la incorporación de las nuevas tecnologías aumentó enormemente la productividad del trabajo. Es decir, que con la misma cantidad de trabajo humano la producción de bienes y servicios pasó a ser mucho mayor. Al mismo tiempo, la revolución tecnológica en los países más desarrollados impulsó el crecimiento del sector servicios y se produjo el desplazamiento de una parte de la industria tradicional a los países periféricos, donde los salarios eran mucho más bajos. A lo que hay que añadir que el desarrollo de la industria militar (pilar esencial de la economía norteamericana) se convierte en uno de los motores más importantes para el desarrollo de las nuevas tecnologías.

La difusión industrial de la informática implica una revolución tecnológica. Tal como ocurrió en el pasado con el vapor, la electricidad o el conjunto de las innovaciones de posguerra, esta revolución tecnológica es un elemento central de las nuevas formas de acumulación. El desarrollo científico-tecnológico y la investigación están regulados por los principios capitalistas y los intereses de los grandes grupos empresariales. Son éstos quienes dirigen y mediatizan los presupuestos de investigación de Universidades y dejan en evidencia los fondos I+D de los Estados en sus inversiones millonarias en macro proyectos como la producción de alimentos transgénicos, el proyecto de Genoma Humano o las patentes médicas. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, lejos de ser un elemento de democratización del conocimiento y de la cultura, se convierten en elementos distintivos de las clases y un pilar más del dominio del centro sobre la periferia del planeta. Desde comienzos de los años 80 la política económica norteamericana se orienta a la producción militar a gran escala, acompañada de la bajada de impuestos a las clases más altas y a la reducción del gasto social (que ahora se invierte en armamento). Se consolida así un complejo militar-industrial como el eje esencial de la economía de los EEUU.

La guerra conlleva el desarrollo de las industrias militares que, en el caso de países como los Estados Unidos, puede representar casi el 50% del PIB de una manera directa e indirecta. La creación de guerras directas y la estimulación de conflictos interesados generan un inmenso beneficio para las multinacionales y un enorme gasto militar a países que no pueden soportarlo y que terminan cayendo, todavía más, en la dependencia económica y política del imperialismo. Por un dólar que se invierte contra la pobreza, se gastan diez en armas. Todos los países del G-8 invierten cuatro veces más; los EEUU, unas 25. Sólo en 2003, EEUU gastó 42.000 millones de dólares, el 40% del gasto militar del planeta. Los países explotados de la periferia del sistema capitalista gastaron en 1987 más de 34.000 millones de dólares. La recuperación norteamericana entre 1982 y 1990, se sostuvo sobre un incremento del 50% en los gastos bélicos, lo cual determinó que la deuda pública saltara del 27% del PBI en 1980, al 63% en 1993. En este lapso, EE.UU. llegó a invertir el 66% de su presupuesto en investigación para el desarrollo de la industria bélica, contra el 19% de Alemania y el 9% de Japón.  Pero de sentido social regresivo, ya que redujo los gastos en seguridad social, congeló los gastos en infraestructura, y combinó la bajada de impuestos directos a la burguesía con el aumento espectacular de los gastos militares, lo cual incentivó la inversión de capital vía expansión de la demanda global. Según todos los datos disponibles, esta política explica por qué durante seis años, los salarios reales norteamericanos pudieron mantenerse en torno al nivel de 1981, e incluso aumentar levemente justo antes del crash bursátil de 1987.

Pero el gasto militar norteamericano es mucho mayor, pues se diluye en varias partidas para que su impacto en la opinión pública no sea tan escandaloso. Ya en 2008 fue de 1,2 billones de dólares. Como el gasto militar mundial, calculado de esta manera, se puede estimar en 1,7 billones de dólares, corresponde a los EEUU el 71% de ese total. Baste como ejemplo citar la guerra de Irak, que en noviembre 2008 había acumulado ya unos costes en torno a los 3 billones de dólares y que esta partida no figura en los presupuestos ordinarios de defensa. Cada día se gastan unos 4.600 millones de dólares en armamento, de los que unos 3.300 millones de dólares corresponden a los EEUU. Suficiente para solventar todos los problemas de hambre y miseria de toda la Humanidad. En 1990, el valor de las armas, del equipamiento, y de las fábricas dedicadas al Departamento de Defensa representaba un 83% del valor de todas las fábricas estadounidenses. No obstante, este enorme complejo industrial-militar en la cúspide de su despliegue económico y tecnológico demuestra su incompetencia en el terreno concreto de la guerra, de manera directa en Irak y Afganistan e indirecta en la última invasión israelí al Libano.

Se trata de un doble fenómeno: por una parte, la ineficacia técnica de esos superaparatos militares para ganar las guerras coloniales y por otra su gigantismo operando como acelerador de la crisis. El caso norteamericano es ejemplar. Su tremendo gasto en la industria bélica aparece como un factor decisivo de los déficits fiscales y la corrupción generalizada del Estado. Una vez finalizada la Guerra Fría con la antigua URSS,  Estados Unidos perdió el pretexto para mantener una economía de guerra, pero sin embargo la siguió manteniendo. La amenaza a la paz la representan países a los que se puede atacar sin grandes riesgos de represalia, tal como es el caso de Irak.  No obstante, el atentado del 11 de septiembre de 2001 dio el necesario pretexto para una indefinida y global guerra contra el terrorismo. Sin querer entrar en quienes pudieron estar detrás del atentado en Nueva York, si que sabemos que la economía de guerra necesita enemigos para mantener próspero, con dinero público, al influyente complejo militar-industrial. Curiosamente el mismo complejo cuyo peligro denunció el Presidente Dwight Eisenhower en su discurso de despedida, en 1961.

Se están produciendo concentraciones de capitales a un nivel que nunca antes se había conocido. En 1997, las fusiones y adquisiciones de empresas alcanzaron un importe de los 1,6 billones de $, que llegaron en 1999 a 3,4 billones. Como ejemplo podemos indicar que en el 2001 la empresa America On Line compra Time Warner por 124.000 millones de $. Esta concentración de empresas se produce como consecuencia del estancamiento y disminución de los mercados existentes. La absorción normalmente no sirve para el mantenimiento de la producción fabril o de servicios,  equiparable a la de las empresas individuales antes de la fusión. De esta manera no se produce un aumento de la producción sino un menor número de empresas que acceden a los mercados existentes, lo que es un motivo más que explica la necesidad del sistema de desviar capital a la esfera especulativa no productiva. 200 multinacionales controlan el 25% de la actividad económica mundial y, sin embargo, sólo dan empleo al 0,75% de los trabajadores y trabajadoras. 176 multinacionales tienen sus casas matrices en solo 6 países y 74 de ellas se ubican en EEUU.

En los países del G-8 están representadas el 80% de las multinacionales. Tres multinacionales acaparan el 65% de la producción de camiones, cinco multinacionales el 60% de la de automóviles,  y diez multinacionales el 60% del mercado de telecomunicaciones. La producción de estas 200 multinacionales crece al doble que el PIB de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y supera la producción total de otros 182 países. Un dato que atestigua la enorme concentración de la riqueza y el creciente empobrecimiento de la mayoría. Todas estas multinacionales constituyen una oligarquía mundial con la mayor riqueza, poder y privilegios que se conocen en la Historia. Curiosamente el principal destino del crédito internacional ha sido financiar esta concentración del capital a escala mundial. El valor de las fusiones, compras  y adquisiciones de empresas ha alcanzado niveles astronómicos, reforzando su control de la economía y la política mundial. La exportación de capitales es una manera de dar salida a una cantidad de capital financiero acumulado en los países más desarrollados. Una forma utilizada fue la constitución de empresas de extracción de materias primas, con lo que se aseguraban el suministro de las mismas, necesario para la producción industrial. A este respecto hay que recordar que después de la Segunda Guerra Mundial las materias primas escaseaban, dadas las necesidades de consumo de los países más desarrollados. Otra forma fue mediante la instalación de sucursales de las multinacionales de los países imperialistas, controlando la economía del país más pobre.

Otra forma ha sido la pura exportación de capitales, muchas veces etiquetada como ayuda al desarrollo de los países pobres. Como el dinero queda en manos de la oligarquía local y no se emplea en ningún proceso productivo, se acaban necesitando más capitales para devolver la deuda más los intereses contraídos. Al final, la deuda se hará impagable. Por otra parte, el país deudor queda a merced de los países acreedores o de organismos, como el Fondo Monetario Internacional (FMI). El capital norteamericano invertido en América Latina es hasta un 200% más rentable que el invertido en los propios EEUU. Las burguesías locales pierden su carácter nacional y se convierten en simples colaboradores de los intereses imperialistas. En los años 70,  EEUU vendió a los países subdesarrollados proyectos sobredimensionados y obras inútiles, con los que aceleraban su endeudamiento. Al mismo tiempo, los préstamos en dólares a estos países alcanzaron cifras nunca vistas, pues bastaba con darle a la máquina de hacer billetes. De esta forma, la deuda externa permitía un traspaso de capitales de los países pobres a los ricos. La distancia entre América latina y Estados Unidos en 1981 era de 6 veces, mientras que en el 2004 había subido hasta 9,5 veces.

A partir de 1981 la situación se hace insostenible, pues la deuda ya no se puede pagar. El alza de los tipos de interés en EEUU en ese año, que llegó a los 8 puntos en términos reales respecto a la década anterior, encarecía sobremanera la deuda externa de los países pobres. La caída de la tasa de crecimiento creó problemas serios en la balanza de pagos de los países del Tercer Mundo. El endeudamiento deliberado de los países dependientes y más atrasados del capitalismo se constituyó en política hegemónica para enfrentar la recesión en el capitalismo central en la década del 70. Fue una intervención estatal para inducir la colocación de fondos destinados a la compra de la producción del centro capitalista desde la periferia. El excesivo endeudamiento comprometió los pagos y fue inevitable la crisis a comienzos de los 80, que se presentó en diversos países como crisis de la deuda externa.

En octubre 1987 se produce la mayor caída del Dow Jones en tiempos de paz: un 22%. En España, la bolsa perdió un 30% y sólo recuperó este nivel 9 años después. Aparentemente, el Estado cede su puesto al mercado. El neoliberalismo sostenía que el libre funcionamiento de los mercados llevaría al mejor de los mundos posibles, a la convergencia de los ingresos entre países y al desarrollo de la humanidad. Sólo había que aprovechar las oportunidades que daba la globalización, abriendo las fronteras a la circulación de mercancías y capitales, aunque no a las personas. Consecuentes con esta línea de pensamiento, los medios académicos y los organismos internacionales interpretaban que el desarrollo asiático constituía una demostración palpable de los beneficios de la libertad de los mercados. Visto en retrospectiva podemos decir que esta ortodoxia neoclásica atacaba los rasgos más nacionalistas de las economías capitalistas de posguerra y, de esta manera, propiciaba la expansión internacional del capital y velaba por el restablecimiento de la rentabilidad de las inversiones. Los mercados se debían disciplinar y se defendía que la desocupación disciplinaba al trabajo y que en los mercados deberían prevalecer los capitales más productivos.

Sin embargo, una vez desbrozado el camino para el capital a nivel mundial, se operó un giro hacia una mayor intervención del estado en los mercados. En 1993 el Banco Mundial dedica su informe anual a Asia, donde defiende un mayor rol del estado en el crecimiento. En 1997 el FMI también plantea que es necesario dar relevancia al estado en la economía. Contrariamente a lo que dicen los ideólogos neoliberales, la intervención del Estado es mayor que en épocas pasadas, pero básicamente en aquellos países donde están asentadas las multinacionales, que utilizan a estos Estados en su propio beneficio. Lo que USA y Europa exigen a otros países, la pérdida de soberanía y la apertura sin reservas,  lo niegan categóricamente para sí mismos. La intervención se da a múltiples niveles: institucional (como con el FMI), militar, mediático, cultural, etc. La mercantilización obliga a la creación continua de mercados artificiales y superfluos. La publicidad realiza una labor agresiva sobre la gente para que compre el último modelo de teléfono móvil, de coche o de ordenador. Y para volver a comprar el mismo tipo de producto al cabo de un tiempo relativamente corto aunque el que tengamos funcione perfectamente. La sociedad consumista de valor de cambio, que es lo que cuenta para el capital y lo que produce beneficios,  despilfarra valor de uso vertiginosamente.

Y se han ido incrementando las actividades económicas al margen de la economía productiva. La caída de la tasa de beneficio provoca que muchos capitales se salgan del sistema productivo y busquen ámbitos en los que la ganancia sea más efectiva y más rápida. Por ejemplo, el Producto Mundial Bruto (PMB) creció a un promedio anual del 2,5%; el comercio creció a un 5% (dos veces más que el PMB); los préstamos, a un 10% (dos veces más que el comercio); el intercambio de monedas, a 23,75% (más de cuatro veces que el comercio); y, el de acciones, a 25% (cinco veces más que el comercio o diez veces más que el PMB). Desde entonces, la tendencia no ha hecho más que acentuarse y hemos asistido a un claro desplazamiento hacia la economía especulativa, desde la explosión de la burbuja bursátil de la “nueva economía”, hasta la reciente explosión de la burbuja inmobiliaria y todo el entramado financiero que ella conllevaba.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2008 señala que EEUU es el mayor consumidor de drogas del mundo. Un total de 72 millones de estadounidenses, el 34% de los mayores de 12 años, ha consumido drogas alguna vez; el 41% de los jóvenes que asisten a las escuelas secundarias consumen drogas, así como el 47% de los preuniversitarios. El 62% de los estudiantes de secundaria asiste a centros donde se trafica en drogas, frente a un 44% en 2002; en los preuniversitarios la cifra es del 28%. El 9% de los niños de 8 a 12 años (1 millón de niños) han presenciado tráfico de drogas en sus escuelas al menos una vez por semana. En cuanto a la cocaína, los norteamericanos consumen un tercio de la producción mundial. Los beneficios de la droga en EEUU son de 80 mil millones de dólares, pero las autoridades apenas confiscan el 1%. Tal vez este gran volumen de negocio y lo poco que se confisca nos expliquen muchas cosas en relación al crecimiento exponencial del tráfico y consumo de drogas.  Veinte mil norteamericanos mueren cada año como consecuencia de las drogas y decenas de miles van a parar a la cárcel. En abril de 2001 el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, declaró en el Congreso que “la razón principal por la cual los países andinos se enfrentan a dificultades para doblegar la producción de drogas, particularmente de cocaína, es la gran demanda que existe en Estados Unidos“.

En marzo de 1999, el subsecretario de Justicia norteamericano, Eric Holden, manifestó que el narcotráfico subsistirá mientas haya demanda en los EEUU: “A menos que se reduzca la demanda interna de drogas subsistirán los incentivos en México y otras naciones del sur para producir lo que nosotros consumimos“. En mayo de 1997 Bill Clinton reconoció que los EEUU consumen alrededor del 50% de todas las drogas del mundo, mientras que sólo representan el 5% de la población del planeta. En septiembre de 2006, Michael Bromwich, del Departamento de Justicia, anunció el inicio de una investigación sobre la implicación de la CIA en la financiación de la “contra” nicaragüense con dinero de la droga. La investigación se hizo a raíz de una publicación en la revista Executive Intelligence Review (EIR), en la época de la presidencia de Geoge Bush. El informe presentado por el EIR, de 120 páginas de extensión, es un compendio de documentos oficiales, transcripciones de audiencias legislativas, fotos, organigramas y gráficos, y sostiene que se facilitó la creación de una red de tráfico de armas y drogas para apoyar a la contra nicaragüense, que en 1984 había dejado de recibir oficialmente la ayuda norteamericana. El EIR asegura también que, bajo un manto de secreto, pilotos privados de conocidos narcotraficantes llevaban armas a los contras en Centroamérica y luego regresaban a Estados Unidos con cargamentos de drogas.

En 1978 se produce un golpe de Estado en Afganistán apoyado por la URSS y el cultivo de heroína es perseguido y aniquilado. En consecuencia, la producción de heroína desde el sudeste asiático se disparó. Pero en Afganistan, los mujaidines que se oponen a las tropas de la URSS, apoyados por la CIA y mediante un personaje que se ha hecho desgraciadamente famoso, como es Bin Laden, usan la droga para financiarse. En la actualidad, invadido el país por Occidente, Afganistán vuelve a ser el mayor productor de heroína del mundo. Cada año se hace un blanqueo de unos 1,5 billones de dólares en todo el mundo; de ellos, 500.000 millones de dólares acaban en bancos norteamericanos. De esta cifra, 80.000 millones de dólares corresponden al blanqueo de dinero procedente de la droga en EEUU. Como ejemplo de ello podemos decir que en las Islas Caimán viven 30.000 personas, pero hay 500 bancos y 40.000 empresas (más empresas que personas). El tráfico de personas y la explotación sexual también producen unas ganancias anuales estimadas en 12 mil millones de dólares; más de 1 millón de mujeres y niñas al año son forzadas a ingresar en el circuito de la prostitución y subsisten en el mundo 27 millones de esclavos:

Otro asunto interesante es conocer la relación entre el neoliberalismo y la organización del trabajo. Anteriormente al neoliberalismo se implantó el Taylorismo. Su nombre se debe a su propulsor, el estadounidense Frederic W. Taylor (1856 – 1915). Se basa en la aplicación de métodos científicos al estudio de la relación entre el obrero y las técnicas modernas de producción industrial, con el fin de maximizar la eficiencia de la mano de obra y de las máquinas y herramientas, mediante la división sistemática de las tareas, la organización racional del trabajo en sus secuencias y procesos, y el cronometraje de las operaciones, más un sistema de motivación mediante el pago de primas al rendimiento, suprimiendo toda improvisación en la actividad industrial. Se trataba no sólo de aumentar la productividad del trabajo, sino de conseguir también que el trabajador perdiese toda noción sobre el proceso de producción en su conjunto, evitando así cualquier control obrero sobre el proceso productivo. El taylorismo es el sistema de organización del trabajo que corresponde al surgimiento de la fase imperialista del capitalismo y dura hasta la Segunda Guerra Mundial. El taylorismo permitió a los capitalistas aumentar sus beneficios, pues hizo que los costos de producción bajaran. A raíz del taylorismo surge el obrero especializado y con conocimientos técnicos y el control en el tiempo de los procesos de producción.

Fue el sistema de organización del trabajo vigente hasta la Segunda Guerra Mundial. Quedaba atrás, definitivamente, la época en que el artesano podía decidir cuánto tiempo le dedicaba a producir una pieza, según su propio criterio de calidad. Ahora, el ritmo de trabajo y el control del tiempo de las tareas del trabajador estaban sujetos a las necesidades de la competencia en el mercado. Acabada la Segunda Guerra Mundial, se abre una fase de expansión que durará hasta los años 70. La reconstrucción de la economía de los países industrializados, que habían sufrido los destrozos de la guerra, se constituye en el motor del crecimiento. Por otro lado, la existencia de la Unión Soviética y de los países bajo su área de influencia, hace que, para evitar el peligro comunista, los capitalistas de los países más desarrollados hagan concesiones muy importantes a los trabajadores, tales como el pleno empleo y derechos sociales y laborales. Aunque en el capitalismo es muy difícil que haya una situación de pleno empleo de forma continua y permanente, esta situación existió en los países ricos (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón) en el periodo posterior a la II Guerra Mundial (1945-1975). Periodo que algunos autores denominan la edad de oro del capitalismo.

Sin dejar de estar basada en relaciones de explotación, esta época fue de relativa mejora para los trabajadores de estos países y se dio el pleno empleo en ellos, aumentos sustanciales en el salario real y una mejora en el llamado Estado del Bienestar. Muchos trabajadores y otros grupos de población llegaron a pensar que con el capitalismo podía llegarse a una distribución de los ingresos y otras condiciones de vida relativamente satisfactorias. Este periodo estuvo caracterizado por la inexistencia de grandes crisis económicas. Tras la Segunda Guerra Mundial, y con el advenimiento del capitalismo keynesiano los ciclos se atenuaron y la frecuencia y severidad de las recesiones disminuyó, aunque no faltaron varias crisis cíclicas de cierta importancia. Así, la desmovilización posterior a la Segunda Guerra Mundial provocó recesión, hasta la Guerra de Corea (1950-53).

 

Un sistema de organización del trabajo que corresponde a la fase neoliberal es el llamado toyotismo, aunque en la práctica se ha ido mucho más lejos que los postulados del mismo. Este sistema se estaba utilizando en Japón en el momento de la crisis de los años 70 y se generalizó al mundo capitalista, permitiendo aumentar la productividad del trabajo. Son características del toyotismo la flexibilidad laboral y la producción tecnificada, en la que no quedan ya vestigios de control obrero. El incremento de la productividad de las empresas se basa en el microchip y en la nueva organización del trabajo en equipo, que permite renovar tecnológicamente los sectores productivos a lo largo de los años noventa con un incremento continuado de la productividad. La flexibilidad en las relaciones laborales implica que los gastos de personal se transforman de fijos en variables, pues el volumen de trabajadores de la empresa se adapta al volumen de producción de la misma. El empleo temporal, a tiempo parcial o el empleo sumergido,  son característicos del mundo neoliberal. Existe una amplia gama de tipos de contratos para tareas similares, que sólo se justifican porque segmentan el mercado laboral y dividen a los trabajadores haciéndoles creer que viven situaciones distintas.  Se consolida un paro estructural muy elevado, que, dicen, el sistema ya no puede absorber, y que actúa como un ejército de reserva y del que se culpa a los propios trabajadores. Toda la culpa del paro se atribuye al mercado laboral y plantean como única solución el hacer más flexible la mano de obra, aumentando la contratación temporal, facilitando y abaratando el despido y bajando los salarios y el coste social.

El neoliberalismo provoca la destrucción económica, con la liquidación de actividades, la desvalorización de la fuerza de trabajo, el parasitismo especulativo y la economía de la droga y el armamento. También incrementa la regresión social, mediante el cuestionamiento de las conquistas sociales, el deterioro de la educación y sanidad públicas, el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo y la extensión de la pobreza. También cuestiona las conquistas democráticas, con la pérdida de soberanía o la exclusión de determinados asuntos de la discusión política. En los años noventa, las reformas laborales, que provocaron más precariedad,  y estructurales, mediante privatizaciones, alejaron aún más a los países del Tercer Mundo de los países desarrollados. El caso extremo de la flexibilidad laboral lleva a  la economía sumergida y a la proliferación de trabajadores autónomos, que en realidad hacen funciones de trabajadores asalariados. El trabajo infantil es el caso más sangrante a que se ha llegado con la internacionalización del proceso productivo. 250 millones de niños trabajan en el mundo y 20.000 mueren cada año a causa del duro trabajo que realizan, entre los que se incluye la  industria del sexo. También se produce la sobreexplotación de inmigrantes sin contratos y con salarios inferiores a los del sector. Asimismo, se utilizan el racismo y la xenofobia como instrumentos para provocar el enfrentamiento entre trabajadores inmigrantes y sectores amplios de trabajadores autóctonos. Por otro lado, las migraciones se han convertido en un elemento estabilizador de las economías  de los países desarrollados, ya que permiten salvar los desfases en los saldos de la seguridad social. ¿Os suena a algo que está sucediendo actualmente?

Con la división del proceso productivo en varios subprocesos repartidos por todo el mundo, los trabajadores de los países capitalistas más desarrollados entran en competencia con los trabajadores de los países pobres. Por ejemplo, de 2001 a 2007 la empresa alemana Volkswagen redujo 7.000 puestos de trabajo. De esta forma, una fábrica que llegó a tener 40.000 empleados en la década de 1980, se planteaba llegar a solo 7.000 en 2010. Se cierran en un país empresas perfectamente rentables para establecerse en otros países con condiciones laborales más favorables para los propietarios de la empresa. La competencia ahora no sólo se da entre las empresas, sino que se ha logrado que los trabajadores de cada país tengan que competir por un empleo con los trabajadores del mundo entero. Y siempre equilibrándose en base al sueldo más bajo y a las condiciones laborales más débiles.   También se va imponiendo un nuevo mercado de trabajo en que, por un lado, hay trabajadores calificados, que tienen empleos estables, con contratos indefinidos, con condiciones laborales y salarios decentes, muchos de ellos procedentes en otras épocas más favorables; y, por otro lado, una enorme cantidad de trabajadores con contratos de carácter temporal, sin garantías de permanencia, y la mayoría de ellos con condiciones de trabajo y salarios muy inferiores a los del primer grupo. Los trabajadores con contratos indefinidos van disminuyendo relativamente en relación al total de la fuerza de trabajo, mientras que los contratos en precario aumentan continuamente.

El neoliberalismo también ha provocado una gran miseria. Con estas políticas de desarrollo e intercambio desigual, se mantiene a dos terceras partes de la Humanidad en condiciones absolutas de miseria. Los países en la periferia de los países más ricos sufren la explotación de su mano de obra y, al mismo tiempo, el saqueo de sus materias primas. El capital extrae beneficios y se lleva luego el capital, que no encuentra freno a su circulación mundial. De este modo, se condena a continentes enteros, como el africano, al hambre y a la pobreza. Una consecuencia decisiva del avance actual de la internacionalización económica es el agravamiento de las desigualdades entre los distintos países. La brecha que separa a las naciones ricas de las pobres se duplicó entre 1965 y 1990. Los efectos sociales de esta polarización están a la vista en los datos de pauperización, desnutrición, analfabetismo o trabajo infantil. El término “globalización” simplemente encubre el reforzamiento de la colonización económica y política que padecen la mayoría de los países africanos, asiáticos o latinoamericanos, salvo excepciones conocidas por todos. La actividad bélica tampoco ha cesado en las últimas décadas y los gastos militares globales han aumentado constantemente desde el año 1999, hasta el punto que se cree que superarán los niveles más altos alcanzados durante la Guerra Fría. El gasto militar global puede llegar a más de 1  billón de dólares, lo que representa unas 15 veces más de lo que se invierte en ayuda humanitaria.

Algunos de los países más pobres del mundo, incluyendo Botswana, la República Democrática del Congo, Nigeria, Ruanda, Sudán y Uganda están, sorprendentemente, entre los que doblaron su gasto militar entre 1985 y 2000. Y no son los únicos, en el curso 2002-2003, los gobiernos de Bangladesh, Nepal y Pakistán invirtieron más en gastos militares que, por ejemplo, en programas de salud. Y normalmente compran estos armamentos a EEUU y, en menor medida, a países europeos.  En el año 2004, el Servicio de Investigación del Congreso de los EEUU estimó que los países de Asia, Oriente Medio, América Latina y África gastaron 22.500 millones de dólares en armas, un 8% más que en el año 2003. Esta suma hubiera permitido a dichos países escolarizar a todos los niños y niñas y reducir la tasa de mortalidad infantil en dos terceras partes para el año 2015, respondiendo así a dos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pero para mantener su dominio, los EEUU y algunos países europeos apoyan a las dictaduras y regímenes reaccionarios en todo el mundo. Cuando estos mecanismos no son suficientes, Estados Unidos no vacila en intervenir abiertamente, tal como ha sucedido en  Irak y Afganistán.

La creciente utilización de materias primas y el aumento constante de desechos y residuos, significan un verdadero ataque al medio ambiente. Pero como la reposición de la naturaleza es más lenta que la reproducción ampliada del capital, no puede existir equilibrio entre capital y naturaleza. El capital es estructuralmente destructor de la naturaleza, salvo que existan organismos supranacionales efectivos que regulen y obliguen a cumplir el respeto a la naturaleza. El proceso de acumulación del capitalismo, reforzado por la dinámica financiera, ha generado un modelo económico que ejerce una fuerte presión en el conjunto de los límites físicos del planeta, con el consiguiente agotamiento de los recursos no renovables, presión sobre el agua, etc., así como sobre los equilibrios ecológicos. Mantener el sistema actual de producción supone continuar como hasta ahora con la utilización intensiva de recursos naturales no renovables y la producción masiva de contaminación, lo que agravará los efectos del cambio climático y pondrá en cuestión la futura vida del planeta. Cualquier solución a la crisis actual no puede ignorar este elemento, lo que significa poner en cuestión la viabilidad de la recuperación del capital tal como se plantea actualmente.

Durante la crisis de 1971, la disyuntiva era crecimiento o bienestar social. La humanidad se dejó arrastrar por el crecimiento, con un falso espejismo de bienestar social, que se ha demostrado era simplemente un oasis en el desierto. Hoy, tras decenas de años de explotación, depredación medioambiental y especulación financiera, las alternativas creemos que son crecimiento o supervivencia de la humanidad. Los políticos de los distintos países deberían tomar nota y actuar en consecuencia. Asimismo, los experimentos que se vienen realizando en los últimos años con pandemias que luego no se producen, puede ser que, además de beneficiar a las multinacionales farmacéuticas, sirvan para estudiar la reacción de la gente ante estos fenómenos. Aunque pueda parecer una exageración, que espero no sea cierta, a veces da la impresión de que se estén probando virus que intenten evitar la presión social que va a suponer un paro estructural elevado, como el que está produciendo en estos momentos. Aparte de ello, una pandemia que en el futuro provocara un número elevado de muertos sería una clara alternativa a las guerras que se han producido a lo largo de la historia, pues provocaría una oleada de terror que focalizaría la atención mundial en la lucha por la supervivencia pura y simple y no en ningún otro problema.

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